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sábado, 7 de septiembre de 2013

El atacante nacional derramó lágrimas de hombre tras el pitazo final del cuestionado árbitro. Vargas y Reyna se acercaron a consolarlo.

Fue el más destacado de la selección peruana a lo largo del partido. Le pegaron y no le cobraron falta, pero igual la luchó todas arriba, sin importar esta desventaja. De sus pies salieron el gol que por unos minutos nos dio la esperanza.
Jefferson Farfán fue el peruano que más resaltó en el partido de anoche frente a Uruguay. Pese a que el árbitro no ayudó a cuidar al jugador más hábil. El atacante del Schalke 04 se las ingenió por crear peligro en el arco de Muslera.
Sobre los 83’ del encuentro, acarició el balón para clavarla al fondo del arco uruguayo, un golazo que sirvió para regalarnos ilusión, una ilusión que el más vio transformada en tristeza, tras el pitazo final del cuestionado Loustau.
Una vez acabado el compromiso, Farfán se tiró al campo del juego, como quien no creyendo lo que estaba pasando, el sueño del Mundial Brasil 2014 es más que difícil. Jefferson derramó lágrimas de hombre, lloró por lo sucedido, por todo el esfuerzo que dio y que no fue suficiente.
Juan Manuel Vargas y Yordy Reyna se acercaron para consolarlo y tranquilizarlo.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

EL FUTBOL PERUANO

 
 
Me he opuesto, me opongo y me opondré siempre al fútbol peruano porque es una fuente eterna y despiadada de frustración. Porque siempre ilusiona a tanta pobre gente, y en tiempo récord, luego la defrauda y la deprime hasta niveles de suicidio colectivo. Porque exalta un patrioterismo barato, cerril, prepotente e inútil. Porque sus fracasos siempre terminan dándole la razón a los ampays de los programas de espectáculos. Porque genera ganancias absurdamente millonarias en publicidad, ¡y de cerveza! Porque esos comerciales futboleros no aspiran a construir ningún país de deportistas ganadores sino uno de borrachines necios e inservibles. Porque esas campañas venden la idea de que triunfar en la vida es ser, justamente, una Foca Farfán: ganar mucha plata afuera, no mandarle a tus hijos (negados) ni para el té y cuidarse tanto las sacrosantas piernecitas cada vez que le toca ponerse la blanquirroja. Porque es el caldo de cultivo para los narradores deportivos más obvios y afásicos del mundo. Porque es la fuente de inspiración para los titulares de diarios más ridículamente candelejones. Porque el floro pomposo con que los comentaristas de fútbol se adornan demora siempre quince minutazos para decir lo que se podría haber dicho en ninguno, o sea: nada. Porque endiosa a cualquier NN al que liga un gol y masacra hasta a la mamá de la superestrella que lo falla. Porque produce lamentables filósofos instantáneos como el santurrón de Oré o el calzonazo de Ternero. Porque nos habitúa a una mediocridad tal que llegamos a sentirnos supercampeones cuando empatamos cero a cero.


Porque por empatar tienen la majestuosa desfachatez de pretender cobrar ocho mil dólares de premio. (¿Y con cuánto los premian por perder?) Porque sobrevalúa jotitas que no le han ganado a nadie todavía y los infla como globos hasta el día en que –lógico– reventarán con el ensordecedor estruendo de los verdaderos bluffs. Porque sus estrellas internacionales –que llegan a hacernos el gran favor de jugar por su ex barrio, o sea, por su país– vienen llenecitos de esos disfuerzos tan típicos de los imbéciles con plata: ayer nomás dormían en Huaycán y hoy exigen suite en El Golf Los Inkas. Y porque las raras veces en que se hace matemáticamente posible la victoria en algún irrelevante partido amistoso, los primeros en colgarse de la veintiúnica victoria son los presidentes, los mismos presidentes que no hacen nunca absolutamente nada para que el oprobioso fútbol peruano deje de trapear internacionalmente el piso con nuestra bandera y pueda, algún día, dar un poquito menos de lástima que la que viene dándole –en las últimas tres décadas– al planeta entero. ¡Así no, pues, así no!