Fue el más destacado de la selección peruana a lo largo del partido.
Le pegaron y no le cobraron falta, pero igual la luchó todas arriba,
sin importar esta desventaja. De sus pies salieron el gol que por unos
minutos nos dio la esperanza.
Jefferson Farfán fue el peruano que más resaltó en el partido de anoche frente a Uruguay.
Pese a que el árbitro no ayudó a cuidar al jugador más hábil. El
atacante del Schalke 04 se las ingenió por crear peligro en el arco de
Muslera.
Sobre los 83’ del encuentro, acarició el balón para clavarla al fondo
del arco uruguayo, un golazo que sirvió para regalarnos ilusión, una
ilusión que el más vio transformada en tristeza, tras el pitazo final
del cuestionado Loustau.
Una vez acabado el compromiso, Farfán se tiró al campo del juego,
como quien no creyendo lo que estaba pasando, el sueño del Mundial
Brasil 2014 es más que difícil. Jefferson derramó lágrimas de hombre, lloró por lo sucedido, por todo el esfuerzo que dio y que no fue suficiente.
Juan Manuel Vargas y Yordy Reyna se acercaron para consolarlo y tranquilizarlo.
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sábado, 7 de septiembre de 2013
El atacante nacional derramó lágrimas de hombre tras el pitazo final del cuestionado árbitro. Vargas y Reyna se acercaron a consolarlo.
martes, 7 de agosto de 2012
Los de arriba y los de abajo
Decían
los antiguos que el poderoso Zeus, al arrebatarle la libertad a un hombre, le
quitaba la mitad de su virtud. Muy bien: perdemos lo más grande de nuestro ser
al sufrir el oprobio de la esclavitud. Pero ¿qué ganamos desde el instante en
que accedemos al rango de autoridad? Cojamos al ente más inofensivo,
otorguémosle la más diminuta fracción de mando, y veremos que instantáneamente,
como herido por una vara mágica, se transforma en un déspota insolente y
agresivo.
Pocos, poquísimos hombres conservan
en el mando las virtudes que revelan en la vida privada. La piedra de toque
para valorizar un alma no debe buscarla en el infortunio, sino en el poder;
encumbremos al justo, y en la cima le descubriremos imperfecciones que no le
veíamos en el llano.
Nada corrompe ni malea tanto como
el ejercicio de la autoridad, por momentánea y reducida que sea. ¿Hay algo más
odioso que un niño vigilando a sus condiscípulos, que un sirviente haciendo el
papel de mayordomo, que un jornalero desempeñando el oficio de caporal, que un
presidiario convirtiéndose en guardián de sus compañeros? Si un alguacil
pudiera nombrar al inerme gusano, al punto lograríamos metamorfosearle en
víbora.
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