¿Qué es el albinismo?
El albinismo es un tipo de desorden genético que provoca la ausencia total o parcial de melanina (un pigmento de color oscuro) en los ojos, la piel y el cabello. El albinismo es un trastorno hereditario recesivo, lo cual significa que tanto el padre como la madre deben tener el gen. Cuando el producto adquiere ambos alelos, entonces se manifiesta el albinismo, pues no basta un solo gen.
En pocas palabras, cualquiera de nosotros, sin ser albinos, podríamos tener el gen del albinismo. Se requieren dos para que este se manifieste. La posibilidad de tener albinismo es 1 en 17 000.
El albinismo ocular es una condición ligeramente diferente, pues el gen se encuentra ubicado en el cromosoma X, y dado que los varones solo tienen un cromosoma X, tienen mayor tendencia al albinismo ocular, pero las otras formas de albinismo se dan por igual en hombres y mujeres.
En todas las especies vivas, hay albinos, tanto en animales como en vegetales. Debido a su apariencia, llaman poderosamente la atención. Eso sí, no debemos confundir el albinismo con el color blanco que presentan algunos animales, como por ejemplo el zorro ártico o el oso polar.
Para este tipo de animales, el ser albino puede causar un problema al ser más fácilmente visto por su enemigo, pero no solo este es el inconveniente de esta característica, sino que a eso hay que sumarle sus dificultades de visión cuando hay demasiada luz. Los ojos albinos suelen ser de color azul o rojo, debido a que carecen de pigmentación en las células oculares y por lo tanto, mucho más fotosensibles.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Células madre en cordón umbilical
CÉLULAS MADRE EN SANGRE DEL CORDÓN UMBILICAL
¿Qué es una célula madre?
Una célula madre es una célula maestra capaz de transformarse en células de la sangre humana y del sistema inmunológico del cuerpo. Los glóbulos blancos, los glóbulos rojos y las plaquetas se derivan de las células madre. Las células madre se encuentran en la médula ósea y en la sangre del cordón umbilical.
Células madre placentarias o progenitora
Durante la gestación, la placenta y la circulación sanguínea del bebé a la placenta cumplen funciones imprescindibles para el correcto desarrollo del bebé. Pero, lamentablemente, han sido consideradas como productos de desecho después del alumbramiento.
En la década de los ochenta, entre otras cosas, se descubrió que la sangre de la placenta posee cualidades diferentes a las de la sangre adulta. Dos de estas cualidades son de especial relevancia: primero, porque la sangre placentaria posee una concentración relativamente elevada de células madre hemopoyéticas (generadoras de las células que conforman la sangre) de gran capacidad proliferativa y segundo, porque casi no existen células responsables de la respuesta inmune.
Estas características convirtieron la sangre del cordón umbilical (SCU) en una fuente de progenitores hemopoyéticos potencialmente útil en transplantes.
El primer transplante de sangre del cordón umbilical fue realizado exitosamente a un niño enfermo de cáncer de 5 años de edad en 1988, por la doctora Eliane Gluckman en París. Su poder curativo fue demostrado plenamente, ya que actualmente sobrevive y lleva una vida normal. A lo largo del tiempo, ha sido necesaria la creación de los Bancos de Sangre Placentaria o de Cordón Umbilical (BSCU) a fin de poder suministrar este producto, con las máximas garantías de seguridad, a los centros de transplante.
¿Qué es una célula madre?
Una célula madre es una célula maestra capaz de transformarse en células de la sangre humana y del sistema inmunológico del cuerpo. Los glóbulos blancos, los glóbulos rojos y las plaquetas se derivan de las células madre. Las células madre se encuentran en la médula ósea y en la sangre del cordón umbilical.
Células madre placentarias o progenitora
Durante la gestación, la placenta y la circulación sanguínea del bebé a la placenta cumplen funciones imprescindibles para el correcto desarrollo del bebé. Pero, lamentablemente, han sido consideradas como productos de desecho después del alumbramiento.
En la década de los ochenta, entre otras cosas, se descubrió que la sangre de la placenta posee cualidades diferentes a las de la sangre adulta. Dos de estas cualidades son de especial relevancia: primero, porque la sangre placentaria posee una concentración relativamente elevada de células madre hemopoyéticas (generadoras de las células que conforman la sangre) de gran capacidad proliferativa y segundo, porque casi no existen células responsables de la respuesta inmune.
Estas características convirtieron la sangre del cordón umbilical (SCU) en una fuente de progenitores hemopoyéticos potencialmente útil en transplantes.
El primer transplante de sangre del cordón umbilical fue realizado exitosamente a un niño enfermo de cáncer de 5 años de edad en 1988, por la doctora Eliane Gluckman en París. Su poder curativo fue demostrado plenamente, ya que actualmente sobrevive y lleva una vida normal. A lo largo del tiempo, ha sido necesaria la creación de los Bancos de Sangre Placentaria o de Cordón Umbilical (BSCU) a fin de poder suministrar este producto, con las máximas garantías de seguridad, a los centros de transplante.
El experimento de los Darwin
el experimento de los darwin
Charles Darwin y su hijo Francis estudiaron la conocida reacción de las plantas creciendo hacia la luz: fototropismo.
Los Darwin trabajaron con plántulas de alpiste (Phalaris canariensis) y de avena (Avena sativa) y realizaron las primeras observaciones sistemáticas referentes a la encorvadura hacia la luz (fototropismo). Probaron que si se cubría el coleóptilo, la parte superior de una plántula, con un cilindro de metal o con un tubo de vidrio ennegrecido con tinta china y se le exponía a una luz lateral, no se producía el encorvamiento característico en la parte inferior del vástago. En cambio, si en los ápices se colocaban tubos de vidrio transparentes, el encorvamiento ocurría normalmente.
A continuación, tenemos un ejemplo del fototropismo de la plántula de avena:
(a) Al inicio las plántulas crecen normalmente curvándose hacia la luz.
(b) Cuando el ápice de la plántula se cubre con un cono metálico no se produce la curvatura. (Solo se produce cuando el ápice se cubre con un cono transparente).
(c) Cuando se coloca un collar metálico rodeando la plántula por debajo del ápice, se produce la respuesta característica.
A partir de estos experimentos, los Darwin concluyeron que, en respuesta a la luz, una “influencia” se transmite desde el ápice de la plántula hacia la parte inferior, que obliga a la planta a curvarse. Expresaron: “Debemos concluir, por tanto, que cuando las plántulas son expuestas libremente a una luz lateral se transmite cierta influencia desde la parte superior a la parte inferior, que obliga a la planta a encorvarse.”
Charles Darwin y su hijo Francis estudiaron la conocida reacción de las plantas creciendo hacia la luz: fototropismo.
Los Darwin trabajaron con plántulas de alpiste (Phalaris canariensis) y de avena (Avena sativa) y realizaron las primeras observaciones sistemáticas referentes a la encorvadura hacia la luz (fototropismo). Probaron que si se cubría el coleóptilo, la parte superior de una plántula, con un cilindro de metal o con un tubo de vidrio ennegrecido con tinta china y se le exponía a una luz lateral, no se producía el encorvamiento característico en la parte inferior del vástago. En cambio, si en los ápices se colocaban tubos de vidrio transparentes, el encorvamiento ocurría normalmente.
A continuación, tenemos un ejemplo del fototropismo de la plántula de avena:
(a) Al inicio las plántulas crecen normalmente curvándose hacia la luz.
(b) Cuando el ápice de la plántula se cubre con un cono metálico no se produce la curvatura. (Solo se produce cuando el ápice se cubre con un cono transparente).
(c) Cuando se coloca un collar metálico rodeando la plántula por debajo del ápice, se produce la respuesta característica.
A partir de estos experimentos, los Darwin concluyeron que, en respuesta a la luz, una “influencia” se transmite desde el ápice de la plántula hacia la parte inferior, que obliga a la planta a curvarse. Expresaron: “Debemos concluir, por tanto, que cuando las plántulas son expuestas libremente a una luz lateral se transmite cierta influencia desde la parte superior a la parte inferior, que obliga a la planta a encorvarse.”
domingo, 9 de septiembre de 2012
La hija ingrata (Cuento)
Un anciano muy pobre tenía solo una hija, de una hermosura inconcebible. La quería con locura, la mimaba y la consentía como si educara en su choza a una princesa y no a una pobre campesina que fuera su ayuda en los últimos años de su vida.
De esta manera, la joven pensaba solo en vestidos y bailes, a veces se le pasaban los días sin tener tiempo para rezar, y si elevaba los ojos al cielo era para decirse: ¡Oh, si pudiera tener un vestido de ese tono azul, unos zapatos de plata no las blancas nubes, una corona de oro como el sol, tantas piedras preciosas cuantas estrellas lucen en una noche de invierno, y tantas pedas como gotas de rocío brillan en una amanecer de verano!
El pobre padre le habría dado su propia sangre para procurarle todo este lujo, y con todo, más duro trabajó durante muchos años, no había conseguido más que ofrecerle un collar de corales.
Pero la muchacha se aburría y ansiaba siempre alguna prenda, algún adorno, en la miserable choza de su padre.
Un día de verano, cuando en el campo cogía flores para hacerse coronas, oyó el trotar de unos caballos en la carretera. Muy curiosa, la joven se precipitó a verlos y se paró como clavada en el suelo, al admirar un espectáculo maravilloso: por la carretera pasaba una carroza de oro, rodeada de un numeroso séquito de guerreros a caballo.
Por la ventanilla de la carroza se veía la cabeza de un hombre tan hermoso como ella.
Cuando los dos jóvenes cruzaron sus miradas, se atrajeron de tal manera que no podían dejar de mirarse. El príncipe, porque era un poderoso y muy rico príncipe, ordenó que parase el séquito, y llamando a la joven, le dijo: “Eres hermosísima como un ángel del cielo; querida mía, vente conmigo y te daré todas las riquezas que puedas soñar”.
Ella sin vacilar contestó: “Iré contigo, hermoso señor y seré tuya”.
El príncipe le estrechó la mano, la ayudó a subir a la carroza, la colocó a su lado. Ella solo se preocupaba de no estropear las bonitas flores que tenía en las manos. Cuando los caballos iban a ponerse en marcha llamó: “¡Parad, parad tengo que ir un momento a mi choza!”
El príncipe creía que la hermosa joven tenía en su choza unos padres de quienes quería despedirse, y abrazándola, dijo. “Antes de que regreses a tu choza serás mi mujer y te adornaré con vestidos de seda y una corona de oro”.
Pero ella continúa: “¡Parad, parad!, tengo que ir, pues en la choza he dejado mi único tesoro: ¡Mi collar de corales!”
Al oír el príncipe esto, y ver que era solo eso lo que la preocupaba, se echó a reír diciéndole que podía tener cuantos collares quisiera, y que le regalaría cuantas piedras preciosas como flores había en su delantal.
Entonces ella, consolada, para saber cuánto antes cuantos diamantes tendría, se puso a contar las florecillas echándolas por la ventanilla una a una. Pasó mucho tiempo contando y, entre tanto, los caballos corrían por aldeas y ciudades, campos y bosques, pues el príncipe venía de muy lejanas tierras.
Entretanto el pobre padre estuvo esperando hasta la noche, que pasó sin dormir, mirando por la inquietud. Se fue a buscar a su hija por todas partes, recorriendo todas las fincas vecinas y el bosque, pero en ninguna parte la encontró. Al fin le dijeron que la habían visto cogiendo flores en el campo; se dirigió al sitio indicado y percibió que en la carretera habían flores esparcidas, como si hubiera sido hecho a propósito para indicar un camino. Entonces se dijo:
“Seguramente unos bandoleros se han llevado a mi hija querida, y ella, para enseñarme el camino, lo sembró de estas flores”.
Y siguió el camino señalado llorando de pena. Por cada flor le caía una lágrima. Ni el sol quemando al mediodía, ni el frío rocío de la noche, le detenían en su camino.
Soportaba el hambre, el insomnio y el cansancio, pensando solo en la salvación de su hija. Y cuando le faltaba la señal de las flores, preguntaba a los caminantes:
“¿No habéis visto a mi hermosa hija? Es blanca como un alhelí, negros son sus hermosos cabellos, y como una guinda sus labios.
Entonces le contestaban que probablemente era la joven que habían visto viajar en una carroza de oro con el rico príncipe, y el buen hombre no sabía ya qué pensar, pero continuaba su camino.
Al fin, una noche llegó a un magnífico palacio. Hermosas luces brillaban en todas las ventanas y la música sonaba en todo el edificio.
El anciano, hambriento, se apoyó en el muro y se puso a llorar. Resonaban en sus oídos las voces alegres y los pasos de baile, pero él, solo pensaba en su hija.
De pronto, entre millares de voces, le sonó la carcajada de una voz única. Al hombre, asombrado, le faltó muy poco para desmayarse, pues era la voz de su hija, y recobrando de repente todas sus fuerzas y venciendo y separando a la servidumbre que quería detenerle, entró corriendo en el salón gritando:
“¡Hija mía, hija mía!”
Le estrechó las manos a la princesa, pero en esta princesa tan soberbia y tan ricamente vestida solo el propio padre hubiera podido reconocer a la humilde y pobre aldeana.
La princesa, al ver que este anciano harapiento se arrojó de tal manera que parecía que la sangre le iba a brotar por las mejillas, dijo: “¿Quien dejó entrar a este mendigo? ¡Echadle fuera!” –Ordenó a la servidumbre.
Los criados cogieron al anciano y le echaron fuera del palacio, pero echaron ya un cadáver, porque oyendo que su propia hija le despreciaba, el desdichado padre murió.
Esta descastada hija siguió viviendo alegremente como si no hubiera ocurrido nada, siguió viviendo tan feliz en este mundo, sin pensar en el otro.
Pasaron los días, uno tras otro, en regocijos y diversiones, hasta que llegó el día de difuntos.
Por la mañana, cuando oyó las campanas, percibió como un frío y desasosiego en su alma, y oyó una voz que le decía: “Ve a rezar por el alma de tu padre, no olvides rezar por él”. Pero ella no hacía caso de esta voz y quería poner otro remedio a su tristeza. Pidió al príncipe, quien, como desde el principio, la quería con locura y no le rehusaba nada, que diese un gran banquete.
Llegaron los invitados. De nuevo resonaron las orquestas, de nuevo se iluminó todo el palacio y de nuevo la princesa se vistió con todo lo más bello que tenía. Iba vestida con un traje azul como el cielo, tenía zapatos de plata como las blancas nubes, una corona de oro como el sol y sobre la corona el vestido y los zapatos habían tantas piedras preciosas, como estrellas hay en una clara noche de invierno. Tantas florecillas echó en su camino, y cuantas lágrimas vertió su padre...
Sobre sus brazaletes y collares tenía tantas perlas como gotas de rocío brillan en su amanecer de verano, como pasos dio su pobre padre buscándola y como sonrisas resplandecieron en su rostro, desde el momento de la muerte de su padre.
Y ¡Cómo se divertía, y como bailaba alegremente, cual si nunca le hubiera reprochado nada su conciencia!
El reloj marcaba las horas, las diez, las once, y nadie las oía. Nadie pensaba en el tiempo, hasta que por fin sonaron las doce. De repente todos los concurrentes a la fiesta gritaron horrorizados y cayeron de rodillas, pues había motivo para ello, con el último toque del reloj se abrió sola la puerta y entró en el grandioso salón un esqueleto.
“¡Hija mía, hija mía!” –Exclamó con voz de ultratumba, parándose a pocos pasos de la princesa.
La princesa palideció intensamente, quería decir algo, pero no emitió sonido alguno; quería retroceder pero todos sus miembros se paralizaron.
Mientras tanto el esqueleto iba aproximándose a ella, a cada paso, los huesos de sus pies sonaban en el suelo. “¡Tienes que pagar todas mis lágrimas!” –Díjole.
En este momento, todas las piedras preciosas que tenía ella sobre sí se deslizaron, convertidas en gotas de agua, sobre el suelo; eran tan numerosas como estrellas hay en el cielo y en una noche clara de invierno, como flores han marcado su camino, como lágrimas vertió su padre durante su ausencia.
viernes, 17 de agosto de 2012
Frases de Johnny Depp
Si amas a dos personas al mismo tiempo, elige a la segunda. Porque si realmente amaras a la primera, no te habrías enamorado de la segunda...
Johnny Depp
Frase de Billie Joe Armstrong
Para hacer que sientes en tu corazón, necesitas cometer muchos errores. Todo lo que tiene éxito es creado a base de una serie de errores.
Billie Joe Armstrong
Frase de Fatal tragedy - Dream theater
Sin fe ni esperanza no puede haber paz en la mente.
Fatal tragedy - Dream theater
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